El peligro de dar las cosas por sentado

El ser humano necesita dar muchas cosas por hecho para poder sobrevivir y evolucionar. Fisiológicamente, nuestro cuerpo sería incapaz de subsistir, de producir toda la energía que demandaría estar repreguntándose de continuo por todo aquello que acontece y que nos rodea. Tampoco nuestra evolución sería posible si de permanente discutiéramos y replanteáramos cada aspecto de nuestra existencia. Avanzamos porque nos apoyamos en fundamentales que no discutimos, que forman una base sólida sobre la que ir edificando el futuro.

Ocurre a veces, sin embargo, que algunos axiomas y postulados que acompañaron a la humanidad durante siglos se discuten, y de esa controversia surgen nuevos preceptos que sustituyen a los anteriores y provocan un salto cuantitativo en nuestro progreso. Es ese equilibrio dinámico, a veces inestable, entre dar las cosas por sentado y la discusión y sustitución de algunas de ellas lo que genera el movimiento evolutivo de nuestras sociedades.

Pero ese equilibrio no es solo dinámico, sino frágil en su génesis y en su esencia, y su rompimiento nos abre las puertas de un averno desconocido con peligros que nadie es capaz de aventurar ni vislumbrar, y en los que a menudo nos adentramos con una buena dosis de inconsciencia no exenta de ingenuidad e inocencia, a la vez que de bastante desmemoria. Un averno en el que nos introducimos cuando damos por sentado algunas bases que aún se encuentran en construcción, que son fundamentales aún no consolidados y que no nos vienen dados de natural, sino que son creaciones hechas por y para el hombre, lo que las sitúa en una permanente amenaza de desaparición.

Nuestra modernidad ha dado ya por sentados muchos de esos fundamentales aún sin consolidar y se ha lanzado sin control a edificar nuevos postulados sobre ellos, poniéndolos en serio peligro de derrumbe. Jugamos como aprendices de brujo con el riesgo serio de entrar en una espiral en la que perdemos el control.

Nos permitimos el lujo de discutir ya el sistema democrático porque consideramos no nos representa, y como alquimistas comenzamos a experimentar para sorprendernos abruptamente de que aparecen democracias iliberales que camuflan auténticas tiranías y recortes de libertades; para lamentarnos de la existencia de hemiciclos polarizados, incapaces de llegar a acuerdos en unas bancadas con cada vez mayor presencia de extremismos que creímos ya olvidados. Damos por sentado una democracia que en España apenas tiene cuarenta años y, sin apenas consciencia, hemos horadado la base y creado peligrosos engendros de los que se suele salir mal y con dolor.

Amortizamos ya una demonizada globalización que, con sus defectos y virtudes, supone la apertura mental y física jamás conocida en nuestra historia, y nos encontramos de repente con salidas imprevistas de la Unión Europea, sustituciones de multilateralismo por bilateralismo, aranceles y barreras aduaneras de otros tiempos y, por encima de todo ello, nacionalismos exacerbados que se crean sobre una base esencialmente cultural y emocional que rechaza lo diferente, que cultiva el negacionismo y que busca el aislamiento. Y tristemente lo comprobamos en países antaño baluartes de las libertades.

Creímos que los derechos humanos eran algo consustancial a las personas, pero cada vez resulta más difícil encontrar puertos donde atracar embarcaciones cuando los pasajeros son migrantes que muy a su pesar dejan sus países para poder subsistir. La libertad de expresión ya no es tan libertad cuando periodistas son perseguidos, encarcelados y asesinados en países de todo el mundo, mientras en los estados más desarrollados hay medios vetados, ruedas de prensa sin preguntas o imágenes distribuidas por los partidos sin acceso a reporteros. Andamos enredados en la cuarta ola del feminismo, en lo trans o en lo queer pero siquiera hemos resuelto las igualdades más básicas, mientras vemos rebrotar con pavor en los más jóvenes unos comportamientos machistas que pensamos ya superados.

Supusimos que los parabienes del estado del bienestar siempre estuvieron con nosotros, y hoy nos percatamos de que cualquiera está a un paso de la exclusión social, y que las desigualdades no han disminuido e incluso aumentado. Nos aventuramos con denuedo en una carrera tecnológica sin fin para descubrir que hemos dejado de ser dueños de las herramientas para convertirnos en sus esclavos. Entretanto, imaginamos que la naturaleza nos abastecería por completo y eternamente, que los estragos causados nunca nos pasarían factura, y nos percatamos con alarma de su finitud y de las consecuencias.

Hoy más que nunca, necesitamos regresar a nuestros fundamentales, a esa base sólida y hacerla aún más sólida si cabe. Conviene no darlos por sentados, y continuar trabajando por ellos con denuedo. Siempre hay tiempo porque siempre hay esperanza.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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