¿Estancados?

Buena parte de la producción de Monet en sus últimos años tuvo en los estanques a uno de sus máximos protagonistas. Bellas estampas repletas de nenúfares con frondosos árboles que casi alcanzan el agua y se entremezclan con la maleza quedan reflejados en sus lienzos que retratan un escenario idílico e ideal, un paraíso embriagador en apariencia y superficie. Sin embargo, tras esa exuberante y aparente belleza, uno no puede dejar de observar la melancolía de una naturaleza casi artificiosa, limitada a un reducto que no fluye. Una naturaleza que vive pero que está detenida, que se reproduce pero que se encuentra limitada, que es consciente de su fragilidad, de su peligro cierto de desaparecer ante cualquier pequeño vaivén que seque sus aguas.

Y cuánto nos parecemos nosotros como sociedad a esos estanques bellos por fuera, esplendorosos, pero a la vez artificiosos y limitados por dentro. Un mundo en constante movimiento, en acción continuada que parece, paradójicamente, dejarnos siempre en el mismo lugar. Un universo ensimismado y obsesionado con su afán de exuberancia, pero que esconde tras de sí esa melancolía y tristeza de saberse limitado, de no tener más sentido que permanecer siempre allí. Un lugar que a primera vista atrapa y convence, pero que termina por angustiar.

Anclados en un presente infinito, nos vemos incapaces de proyectarnos, de expandirnos más allá del minuto siguiente. Todo nos resulta similar y parecido, un mismo paisaje que contemplamos día tras día y que trata de camuflarse con el trasiego imparable de noticias, informaciones y actualizaciones que nacen casi muertas por la llegada de la siguiente. La renovación permanente, el cambio perenne que se nos reclama se convierte en un renacer incesante y diario que resucita la ilusión de forma fugaz para, al instante, volver a caer en la cuenta de que permanecemos estancados.

Pero fuera de ese estanque sabemos que existen otras formas de vida, otros ecosistemas que necesitan ser contemplados primero, y pintados después en un lienzo aún a estrenar. Nuevos parajes esperan a ser descubiertos, a ser narrados y descritos. Espacios que se aventuran pero que aún no conseguimos retratar con exactitud. Y a falta de retrato, nuestro estanque resulta cada vez más pequeño y asfixiante. Pero están ahí, prestos para ser vistos y dibujados, para ser protagonistas de un nuevo cuadro. Una forma distinta de entender lo económico al que le toca ahora relegarse a un segundo plano tras décadas de exacerbado protagonismo. Una historia diferente que reescriba la relación del ser humano con la naturaleza y la ecología, que nos sitúe dentro de ella y no contra ella. Un redescubrimiento (y van tantas…) de la cultura, ese tesoro escondido que ansía ser hallado como siempre y como nunca. Unas identidades personales que claman por dejarse ver en todo su esplendor, más allá del consumo y de lo material.  Un individualismo y una libertad que le acompaña que desean encontrar su armonía con lo cívico, con la convivencia respetuosa y la cooperación. Una reinterpretación del trabajo, de lo que lo define, del lugar que ocupa en nuestras vidas y de su influencia ahora todopoderosa en nuestra existencia, y a futuro mucho menor y diferente. Una recuperación del ocio que deja de ser tiempo libre convertido en una extensión de nuestras pautas estresantes, masificadas y consumistas para transformarse en algo personal e intransferible, que sale de cada uno y que nos hace desarrollarnos en plenitud. Una educación que no es funcional ni destinada para convertirnos en factores productivos prestos para competir, sino integral e integrada, que no tiene prisa, que busca acompañar a cada ser humano en su camino por SER, sí, con mayúsculas. Una sociedad que deja de vivir del sobresalto y de lo ruidoso para hacer de la cotidianeidad su principal caudal. Que no busca héroes ni víctimas, sino que se complace de la normalidad y del hombre común, que siempre esconde grandezas. Un ser humano que recupera la utopía y la facultad de imaginar futuros comunes frente al descreimiento y lo resabiado, frente a lo distópico. Una tecnología que vuelve a su lugar, a ser una herramienta al servicio de las personas y no viceversa.

Ningún tiempo es totalmente nuevo, ningún tiempo es totalmente repetido. La humanidad es un continuo de estancamiento y expansión. Necesitamos sentir ese estancamiento, crear ese espacio exuberante pero inerte en el que vivir un tiempo hasta volver a expandirnos. ¿Estancados? Siempre y nunca. Tan solo hace falta rellenar un nuevo lienzo que ahora permanece en blanco.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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