La certeza y sus extraños compañeros de camino

Somos buscadores ancestrales de certezas. Pocas cosas hay que nos definan tanto a los seres humanos como la imperiosa necesidad de encontrar certidumbres allá donde sea posible, no importa lo recóndito, extraño o indómito que sea el lugar en el que puedan hallarse. La tensión dinámica entre ensanchar el campo de la libertad individual y la urgencia de sentirnos seguros nos ha acompañado desde tiempos inmemoriales, y en esa distancia entre la primacía del individuo y el ansia de seguridad es donde habitan la certidumbre y las distintas formas en las que creemos encontrarla.

Es la certeza y su búsqueda lo que han generado desde una tramoya casi invisible los grandes cambios sociales, culturales y políticos de toda nuestra historia. Religión, totalitarismos y toda suerte de ideologías han encontrado en su origen y en su posterior éxito la capacidad de ofrecer certezas frente a la cada vez más acuciante sensación de aislamiento que en muchas ocasiones lleva impreso en su reverso el fomento y aumento de la individualidad y el individualismo.

Nuestra evolución, cada cierto tiempo, nos resitúa frente al espejo de nuestros avances y nos refleja aquello que no nos gusta, aquellas cosas que ocultamos pero que con la edad y el paso del tiempo se muestran con agudeza en el rostro de nuestra sociedad. Es ahí cuando vemos la cara oculta, el lado más oscuro y cuando llegan las preguntas, la incertidumbre, la angustia y el temor. Resurgen entonces voces encontradas que nos hablan de progreso y esperanza frente a las que predican apocalipsis y nostalgia como remedio. Tensión también entre el pasado y el futuro, entre la utopía y la distopía.

Y en estas nos encontramos hoy. Enfrente del espejo de un liberalismo que tras la caída del muro perdió sus contrapesos y se renombró con el prefijo de neo para transformarse en una suerte de hegemonía ideológica indiscutible. Un hegemón que ha llevado esa tensión entre la libertad individual, la igualdad y la protección hasta límites insospechados. Hoy todo aquel orden se encuentra revuelto, como un desván patas arriba. En nuestro posmoderno melting pot todo cabe, porque cualquier individualidad debe ser respetada y no coartada, desde el género y la sexualidad a lo ecológico o genetista, todo es mezcla pero sin concierto. Un universo de infinitos elementos que se combinan de infinitas posibilidades y que parecen cambiar a cada minuto, y que ha desdibujado nuestras referencias clásicas para convertir lo que es tradicional en algo viejo y caduco que ya no sirve, que requiere ser renovado.

Un periplo en el que nos sentimos cada vez más solos, aislados y desprotegidos. Todo se mueve en nuestro derredor, y nosotros con ello en una inercia que no nos gusta porque nos parece ir a ningún lado. Corremos más rápido para permanecer en el mismo sitio de siempre a imagen y semejanza de la Reina Roja y Alicia, y nos hastiamos y extenuamos para sentirnos más inseguros que nunca.

Aislados y olvidados, desprotegidos y furiosos ha resultado ser el punto de inicio para despertar nuevamente nuestro radar de certezas, que comienza su búsqueda en esos recónditos parajes en los que encuentra extraños compañeros de viaje. La desorientación y el ansia de certidumbre nos sorprende poniendo en el poder a élites no políticas, elegidos millonarios que captan el voto de los más desfavorecidos, de esos olvidados. La necesidad de seguridad nos traslada a la nostalgia y al pasado como solución al futuro en la época de mayor posibilidad de innovación posible. La urgencia de encontrar lo veraz nos lleva al escenario de las fake news, del infoentretenimiento donde todo se mezcla y en el que nos deseamos ya informarnos, sino confirmarnos en nuestras creencias, que se convierten en el último reducto y remanso de seguridad y amparo que encontramos. El respeto máximo a la individualidad propia y a la de cada uno nos conduce a la paradójica circunstancia de vivir una época de polarización extrema y de insoportable intolerancia.

Sí, la búsqueda desesperada de certezas encuentra a veces extraños compañeros de camino que acaban poniendo en serio peligro nuestro más preciado bien que es la libertad. Cualquier opción, por descabellada que sea, nunca ha de ser desechada e ignorada si es capaz de ofrecer certezas y combatir las inseguridades que los seres humanos mostramos en tiempos en los que se nos refleja ante el espejo nuestro lado oculto, las heridas que el tiempo ha dejado. Poco nos es dado de natural, y todo puede volver. Hay que permanecer alerta.

 

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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