La libertad también nos da miedo

Atracción y temor, necesidad y rechazo, búsqueda y evitación. El ser humano, que en todo es ambivalente, ha encontrado en la libertad un escenario ideal para mostrarla en toda su dimensión. La libertad nos atrae pero nos causa temor, la necesitamos pero cuando la logramos tendemos a rechazarla, la buscamos pero la evitamos cuando la hemos encontrado. Un movimiento dinámico, una alternancia entre lo deseado y lo repudiado que ya fue apuntada en el pasado siglo por Erich Fromm y que ha tomado un cuerpo aún mayor en nuestros días. Y lo ha hecho de formas y maneras subliminales, y apenas perceptibles.

Nunca en la historia de la humanidad se habían alcanzado, sobre el papel, tantas libertades. Aquél colocar al hombre en el centro que emergió en el Renacimiento ha alcanzado sus cotas más altas en este tiempo de antropocentrismo desmesurado. El hombre, en apariencia, se encuentra metafóricamente ante un campo sin vallar, de enormes laderas y praderas por las que vagar, con su libre elección como principal equipaje. Liberados de los dioses y relajadas las obligaciones ante los demás, el foco nos ilumina ahora a cada uno de nosotros como dueños y señores de nuestra propia existencia y nuestro propio ser.

Y ante esa luz, ante esa pradera sin vallar, surge el miedo, la angustia de la independencia absoluta, de la responsabilidad total sobre uno mismo. Comenzamos entonces a lindar nuestro campo en forma de trabajos muchas veces no deseados, de obligaciones superfluas que convertimos en capitales, de consumo y de actividad incesante para mantener la sensación de ocupación. Llenar la vida de obligaciones superfluas, estar en trabajos donde no deseamos estar o desplegar una actividad sin fin se convierten así en las nuevas formas invisibles de sometimiento que disimulan el temor que nos produce la libertad.

En el mundo desarrollado, las cadenas que nos sujetan se camuflan en estilos de vida, compulsividades, seguidismos, masificación y automatismos a los que nosotros mismos nos sometemos y justificamos para evitar el horror vacui que nos provoca ser propietarios de nuestra libertad. Sí, la libertad da miedo, pero no es el sometimiento ciego la solución a ese temor. Del sometimiento nacen la frustración, la resignación y el rencor que hacen del acto de vivir algo sufriente y doloroso. La libertad a veces duele, a veces causa temor, pero es solo a través de ella como encontramos nuestro verdadero ser, como encontramos la verdad de lo que es nuestra existencia.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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