Cuando la intención es la acción

Dentro de la infinidad de paradojas que nos regala nuestro mundo actual, llama poderosamente la atención la curiosa relación alumbrada entre la acción y la intención. Habitamos un mundo en el que la actividad, el movimiento y el ponerse en marcha son valores al alza. En el que las personas de acción se han transfigurado en las principales referencias y espejos sociales. Son a ellas a las que parece que todos debemos que el mundo gire, que las cosas sucedan, que lo que se piensa e imagina tome forma y se haga realidad. Por el contrario, lo contemplativo, lo que es aparentemente estático, carece de esa idea de poder transformador que tiene la acción y de esa idea de dinamismo que tanto nos deslumbra.

La intención, por su parte, es esa acción en potencia, es lo que puede llegar a ser en nuestro mundo externo pero que aún no es. La intención ya es algo en nuestro interior, en nuestra mente, pero el mundo solo lo entiende como acción cuando se convierte en una actividad tangible, visible y palpable. Lo que se ve, lo que se toca, lo que se palpa, en eso se traduce la intención cuando es acción.

Sin embargo, en este universo de exaltación de la acción, lo paradójico emerge cuando hemos convertido la intención en una acción en sí misma. Manifestar hoy en día una intención en público toma ya la categoría de acción. La intención deja de ser acción en potencia para convertirse en acción misma. Hablamos de lo que vamos a hacer sin hacerlo, para pasar de continuo a otra nueva intención que sustituye a la anterior sin haberse convertido en una acción propiamente dicha.

Nos hallamos de esta forma en un mundo de acción en el que casi todo es intención, donde apenas nada llega a materializarse. Una realidad extraña que la sociedad por entero asume, entiende, contempla. Una sociedad que exime y disculpa de cualquier exigencia de materialización, de una conversión de lo que es potencia en acción. Nos vale con que se manifieste lo que se desea hacer, aunque luego no se haga. Hemos elevado a un grado superior aquello de ‘la intención es lo que cuenta’ para llevarlo a ‘la intención es la acción’.

Y en este peligroso escenario, cualquier circunstancia tiene cabida. Podemos decir lo suyo hoy y lo contrario mañana, y cambiar nuestro criterio a cada minuto sin que apenas nadie se escandalice ni proteste. El suelo de las intenciones es movedizo, frágil, alternante y variable. Y el coste de modificar esas intenciones bastante escaso, por no decir nulo en la actualidad. Deslizarnos sobre él supone movernos en la desconfianza intensa y permanente, en el no fiarse, en el eterno calificativo del ‘todos son iguales’. En el universo de las intenciones, nada es discutible ni criticable. El voluntarismo estéril se convierte en la forma más común de gestionar mientras que la rendición de cuentas resulta una quimera. A su vez, la estrategia que triunfa es la que indicaba Charles Pasqua en su célebre teorema que invitaba a crear un asunto dentro de otro asunto, y así hasta el infinito para que nadie entienda nada. En el mundo de lo intencional, todo se enmaraña y desenmaraña, se emponzoña y aclara en apenas horas para pasar de inmediato a otro tema. Y en todo ese proceso, casi nadie ha entendido apenas nada.

Un entender apenas nada que poco nos preocupa, porque cuando la intención se convierte en la nueva acción, nuestro compromiso se diluye hasta casi desaparecer. Ese bajo coste de salida de una intención a otra, que no implica ya siquiera una muesca en el prestigio ni en la imagen ante los demás, hace que navegar de una intención a otra sea sencillo, rápido y cree situaciones fácilmente desmontables. Y en ese proceso, se va perdiendo el compromiso y acrecentando el descreimiento. ¿Para qué comprometernos con algo que es variable y cambiante, que puede desaparecer sin apenas haber nacido?

La entronización de la acción como piedra angular nos ha confundido. En esa ansia por hacer cuanto más, mejor, nos hemos olvidado de que toda acción requiere un proceso que no debemos saltarnos. Que la intención es potencia y no acción, y que necesita su reposo, su tiempo de maduración para saltar a la acción. A la acción lo que es de la acción, y a la intención lo que es de la intención.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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