Del gesto al descaro

Indisimulada y descarada. Así es la realidad de nuestros días, y así se nos muestra en todos los ámbitos y lugares, de lo social a lo político, de lo cultural a lo educacional. Hemos abandonado aquella política de gestos que tanto criticábamos a nuestros políticos, donde la forma ahogaba el fondo y el oportunismo a la robustez, para alcanzar un nuevo estadio, el del descaro y lo indisimulado.

El gesto y la forma se han transformado en algo artificioso e insidioso que molesta a la parroquia propia que los identifica con concesiones hacia el ‘enemigo’ innecesarias e injustificables. El gesto tan criticado hace poco tiempo parece ahora un oasis lejano, un lugar diminuto de entendimiento donde ya nadie habita. El gesto, aunque minúsculo y encerrado tan solo en el ‘cómo’, requiere un esfuerzo de entendimiento hacia el otro, un reducto de empatía, una concesión a la opinión contraria, un respeto mínimo y constreñido. La forma y el gesto establecen barreras y fronteras que nos ordenan, limitan y habilitan lugares compartidos, aunque pequeños, en los que encontrar el acuerdo. Nada es posible acordar si no encontramos límites que encuadren el espacio en el que podemos movernos.

Cuando ya no importa el qué dirán, todo es vulnerable. Cualquier muro de contención puede ser saltado y derribado sin miramientos, sin discusiones, sin concesiones. Las hemerotecas han quedado como testigos mudos e inservibles de los estratosféricos y descarados virajes de nuestra clase política. En el mundo del descaro y de lo indisimulado, nada nos altera ni nos sorprende. Ruedas de prensa sin preguntas o preguntas a las que se contesta lo que uno desea, sin importar lo que se interrogue.

Somos testigos de ello y, sin embargo, lo deglutimos sin problemas, sin alteraciones. La fugacidad y la velocidad con la que nos decimos que suceden las cosas (porque al final velocidad y fugacidad no son más que creaciones propias del ser humano) nos han conducido al descreimiento, al todos son iguales, a la resignación y al ya pasará. Pero cuando lo indisimulado y el descaro aparecen crudos, sin siquiera el pequeño camuflaje y la mínima concesión del gesto y las formas, nos encontramos ante un serio peligro.

En la sociedad descarada se difuminan y evaporan lo que es ético y lo que es moral. Ambas son normas y fundamentos que nos damos para vivir en comunidad, y sin ellas, cualquier cosa puede suceder. Rotos los diques, los ríos se desbordan. Populismos y autoritarismos campan a su anchas sin que apenas nos turbe mientras continúan engordando su lista de adeptos. Desaparece el concepto de autoridad para ser sustituido por una idea vaga de poder y representación de la mayoría, una mayoría que acaba justificando las peores tiranías, como recordaba Hannah Arendt. El individuo se acaba transfigurando en una masa informe, se hace pueblo.

Claudicar al descaro es abrir la puerta al favoritismo exacerbado. El ‘eres de los míos’ no solo no se elimina o se acalla, sino que se hace profesión de fe, se comunica y se proclama a los cuatro vientos porque en lo indisimulado todo cabe, todo tiene justificación, todo se entiende y no se discute.

Entretanto, nuestras relaciones sociales pasan a comandarse por la picaresca y el ingenio de paso corto. El ‘yo a lo mío’ que apenas mira a los ojos del otro, que solo vela por su interés, encuentra su acomodo ideal en la sociedad del descaro. Ceder y transigir no entran ya en nuestro cada vez más reducido vocabulario. Frente a la comunidad que se apoya y respeta, terminamos por conformar una constelación de egoístas que no ocultan lo que buscan y si lo hacen es por propio beneficio. Lo indisimulado extendido ha alimentado un mundo repleto de desconfianzas y de competitividad, de temores e inseguridades que nos llevan a exponernos lo justo, a dar lo justo, a confiar lo justo.

Pero rebobinar siempre es posible, y muchas veces deseable. Nada deja de ser reversible por improbable que resulte. Regresar al gesto como primer paso para el entendimiento, para el respeto y la concordia. La forma y el gesto poseen un poder transformador inimaginable y contagioso que han de permitir luego recuperar la senda y llevarnos al fondo, a lo profundo. Pero para llegar a esa profundidad, a esa esencia, a menudo hay que atravesar la superficie. Una superficie que hoy apenas existe, y que los gestos y las formas pueden llegar a recuperar.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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