La mediocridad y el principio de Peter. Cuando todos somos mediocres potenciales

La mediocridad está en el ambiente, está en el aire. Podemos respirarla, escucharla y oírla, tocarla y palparla. Se ha instalado en nuestras percepciones y en nuestras conversaciones. Ahora todo parece ser mediocre sin salvación. Como si de una de las plagas bíblicas se tratara, tenemos la sensación de que ha asolado todo espacio y lugar, desde lo político a lo educativo, desde lo empresarial a lo cultural. Todo lo que nos rodea, nos dicen y decimos, es mediocre, salvo nosotros mismos, claro. La mediocridad es la nueva palabra refugio, y la mediocracia su nuevo sistema.

La mediocridad es el nuevo vocablo hegemón que nos domina. En el reino de lo mediocre, nos repetimos, poco importa lo que hagamos porque siempre toparemos con algún mediocre que arruinará cualquier idea o iniciativa. Esa visión sistémica y despersonalizada de lo mediocre que se impone nos coloca en una cómoda resignación, en un no hacer y no intentar. Los culpables son los otros, los mediocres.

Pero todos llevamos un mediocre potencial en nuestro interior. Todos nos encontramos en algún momento en situaciones que nos llevan a ser incompetentes. Un principio de Peter hiper extendido a toda nuestra forma de vida. Socialmente hemos primado y reverenciado unas carreras sobre otras, unas competencias sobre otras, unos puestos de trabajo sobre otros, y lo hemos hecho bajo los principios del utilitarismo y economicismo más absolutos. Miles y millones de personas nos redirigimos a los mismos puestos, los mismos estudios, las mismas competencias, para ser útiles y para ser ‘productivos’, para ser prósperos. No jugar a este juego es correr el riesgo de quedar en los límites del sistema, de desintegrarse, de no sobrevivir. Y para justificar este juego, se inocula la idea del ‘si quieres puedes’ y de que todos somos iguales, algo que el propio hecho natural hace imposible. No, aunque no lo creamos, no todo el mundo ha nacido para ser un líder, ni tampoco lo desean pero si se juega al juego, solo hay una escalera y un camino por el que andar. No todo el mundo posee las mismas aspiraciones, las mismas facultades, ni servimos para lo mismo, ni ansiamos lo mismo. Pero todos nos hemos puesto a jugar al mismo juego limitado y encorsetado, y es ahí cuando aparece la mediocridad.

La mediocridad no es más que el triste fruto de hacer cosas que no deseamos hacer, de jugar a un juego que no queremos jugar, de estar encerrados en un espectro donde todos competimos y donde lo que nos jugamos es la supervivencia y la prosperidad. Nadie es mediocre en sí mismo, pero todos los somos en potencia cuando nos obligamos a vivir encorsetados. No, no vivimos en una mediocracia, sino en una ‘limitocracia’.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

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