Cuanto peor, peor

Están por todas partes. En las empresas y grupos de trabajo, en la política y en las administraciones, en la cultura y en la educación, en los medios de comunicación y en las redes sociales, en nuestros círculos más íntimos… Son seres peculiares que parecen sentir una extraña alegría, muy cercana a lo masoquista, cuando aparecen las malas noticias. Se regodean y retozan en ellas. Disfrutan cuando aparecen y no dudan en realimentarlas, engordarlas y extenderlas. Las siembran y las crean cuando no existen. Su reino es el de la discordia, el malentendido y el rumor. Permanecen al acecho de la negrura para capturarla y expandirla, mientras se deslizan como pez en el agua por el lado oscuro de las cosas.

Crecen en la debilidad de los otros, pero solo producen sombras tenebrosas y pesadas brumas que envuelven, no dejan ver y asfixian. Han hecho del ‘cuanto peor, mejor’ su forma de vida. Un ‘mejor’ reducido a alimentar el triste fuego de la desgracia, del fracaso y del error del otro. Un ‘mejor’ que, en su viaje indisoluble e inseparable con lo peor, queda eternamente fagocitado, nunca llega a ser alumbrado, siempre es la nada, el vacío y su destino es el ningún lugar.

La ciénaga y la arena movediza del ‘cuanto peor, mejor’ les atrapa y engulle poco a poco, silenciosamente. Entraron casi sin querer y ahora apenas pueden salir de ella. Una ciénaga y una arena movediza que toman cuerpo en forma de anodina pereza. Los que ven y ansían lo peor para los demás, los que viven del mal ajeno, se encuentran invadidos de pereza. Pereza para construir, para crear, para pensar.  Solo los muy perezosos disfrutan de permanecer siempre inactivos y no pensantes. Solo los muy perezosos se entregan por entero a lo instintivo. Solo los muy perezosos rehúyen el sí y el compromiso para deslizarse por un continuo no.

Aliados eternamente a los problemas y divorciados permanentemente de las soluciones, se alejan silenciosamente de cualquier situación que los exponga, evitan cualquier momento que les obligue a propiciar un punto de vista propio, independiente, un camino particular que pueda ser seguido, que pueda ser criticado. Hacen de su enfermiza inseguridad un patrimonio de todos que camuflan bajo críticas implacables hacia el resto. Nos llevan a comulgar con su desconfianza a base de mostrarnos siempre la cara amarga de los acontecimientos.

El gran problema es que cada vez son más. Día a día y hora a hora, la ciénaga se hace más grande, la arena más movediza y la sombra más oscura, profunda y alargada. Han transformado el ser y el hacer optimista en sinónimo de inocente irrealidad, de curiosa anomalía a la que se trata con el cariñoso desdén y la condescendencia con la que se habla a un pequeño o a un loco. Han hecho de la esperanza una verdadera especie en extinción, y de quien la practica un hazmerreir. Han creado un incómodo espacio inmaterial, líquido, insano y lúgubre que no se encuentra ni en el cambio ni en el mantenimiento del status quo. Un lugar en el que no se desean las cosas tal y como están, pero tampoco se busca alterarlas. Ni cielo, ni infierno, ni siquiera limbo. El ‘cuanto peor, mejor’ crea una extraña dimensión dominada por la angustia y por la tristeza. Un agujero negro en el que no hay presente ni futuro y en la que se ansía un pasado al que tampoco se desea regresar. Es pasividad e inercia entreverados. Es una ruina que se desea conservar pero que no nos guarece ni protege de la intemperie. Es un universo donde su único rey es la pura contradicción.

Pero cuanto peor, siempre es peor. Habitar en la queja sempiterna y en la victimización perenne nos desemboca en la resignación enfadada y en la pérdida de la oportunidad de mostrarnos en la plaza pública, de enseñar lo que somos y quienes somos. Como recordaba el principio socrático, todos albergamos nuestra propia verdad, pero la hacemos verdad con mayúsculas cuando la mostramos ante los demás a través de nuestras opiniones, de nuestros peculiares y particulares puntos de vista. Y es en esa verdad propia y única, unida a las otras verdades de los otros, donde habita lo común y donde mora el progreso. Es de esa manera como desde tiempos inmemoriales hemos construido este mundo que hoy conocemos. Cuanto peor, siempre es peor. Mejor siempre es mejor.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

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