La acción infinita y los modernos Penélope

Acción y reacción. Son estas dos palabras que capitalizan nuestra forma de ser y estar en la sociedad de nuestros días. Ser calificado como hombre o mujer de acción contiene siempre un cariz positivo e incluso de admiración. Nuestro mundo desarrollado no contempla la inacción. Nos exaspera, nos lleva a la desconfianza, la tildamos de poco útil y la consideramos de escasa productividad.  E indisolublemente unida a esa acción, surge la reacción o la contra acción como algo esperado y deseado. Entregados a la actividad frenética como forma característica y esencial de desempeñarnos, apenas podemos estar parados y consecuentemente, contraemos los tiempos entre la acción y la reacción a límites minúsculos.

Las eternidades se contienen en milisegundos mientras la paciencia y la espera se despiden por la puerta de atrás. Acción, rapidez y agilidad sin importar dónde nos lleve y qué nos deje, así son nuestras consignas en el trabajo, en el tiempo libre o en nuestras relaciones. En el universo de lo material, de lo tangible, de lo fugaz y de lo práctico nada es más reconocible y recomendable que la acción. La acción convertida en un fin en sí mismo y no un medio. La acción como un continuo del que ya no distinguimos su principio ni su fin. Y en ello, las consecuencias poco importan cuando se es principio y final. Todo comienza y todo se agota con la misma acción, y lo que permanece fuera de ella abandona su sentido.

El hacer mutado en el ser. Somos lo que hacemos y si no hacemos no existimos. Pararse un poco es morir otro poco. El presente es nuestro único tiempo conjugable, el corto es nuestro plazo más largo y la impaciencia nuestro sino. La acción como principio y fin es cainita y mata a sus hermanas, es Saturno devorando a sus hijos. A una acción le sucede otra y luego otra en una interminable cinta de Moebius que nos desorienta y hastía porque nunca finaliza nada, nunca termina nada. Y en ese continuo nada queda. Lo perdurable se esfuma y lo que construimos nace con la intención de ser derribado al poco. Política, tecnología, ideología, arquitectura o ciencia, todo nace con la intención de no durar, de no perdurar. La acción por la acción como medio y fin en sí misma deshecha lo viejo y lo gastado para buscar en lo nuevo su sentido, su raison d’etre. Fagocita y devora todo lo antiguo para dar paso a lo nuevo. Y lo hace en tiempo récord.

La acción encuentra entonces su más triste y cruel paradoja. Alumbrada para hacernos presentes en el mundo, su exceso termina por conseguir su contrario, por borrarnos totalmente porque nada de lo que hacemos perdura. Si nada perdura, nada se queda. Y si nada se queda, todo lo que hacemos nos resulta estéril, vacío y extenuante. Como modernos Penélope, renacemos el mito diariamente cuando deshacemos lo hecho el día anterior. Nuestra acción borra la que le antevino, y la siguiente difumina la actual. Tejer y destejer para que nada permanezca.

Fulminamos así los precedentes y los referentes, aquello que nos sirve de guía para lo bueno y para lo malo, aquello que facilita lo ético y lo moral, aquello que actúa de refugio y concede seguridad. Vivir tan solo en la acción continua nos deja en una especie de intemperie intelectual, ética, moral y espiritual. Nos sustrae de un refugio donde resguardarnos, refugiarnos y crear memoria. Convierte la soledad en estar solo y también la compañía en una nueva forma de sentirse solo. Transforma el tiempo en escaso y acuciante. El tiempo como algo que nunca es suficiente, que siempre falta. Un tiempo que pasa, pero en el que nunca se está. Un tiempo que se gasta y se consume, que jamás está libre, que se anhela infinitamente.

La acción por la acción, la acción infinita no tiene parada ni fonda. No es inicio ni destino. Es el vagar y el limbo procurados artificiosamente para evitar el trance de elegir, de renunciar, de aburrirnos, de entendernos, de conocernos, de ser más humanos al fin. Como en el mito de Penélope, que tejía y destejía de noche y de día mientras esperaba la llegada de su marido, hemos devenido en modernos Penélope que hacen y deshacen en espera de ese algo que está por venir pero que, a diferencia del mito, nunca llega, porque nada se esconde en la acción infinita.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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