Los nuevos apátridas

Están entre nosotros, nos los cruzamos por las calles y apenas podemos distinguirlos ni diferenciarlos del resto. Tienen igual nacionalidad a la nuestra, hablan una misma lengua, comparten cultura y muchos de ellos poseen niveles educativos iguales o superiores a la media. Sin embargo, carecen de los mínimos derechos. Un revés inesperado, un riesgo no bien calculado les ha expulsado del sistema y han quedado ignorados socialmente, expuestos a la total desprotección. El universo hiper economizado e individualista creado a nuestro alrededor ha convertido a miles de personas en los nuevos apátridas, que habitan en un suelo y un territorio donde sienten el desamparo y en el que se transforman en invisibles para el resto. Son los nuevos migrantes que no necesitan desplazarse para sentir que no pertenecen a lugar alguno. Habitantes de un nuevo limbo social que pueden expresarse, pero no se les escucha. Que son libres, pero no tienen derecho a la acción. Como recordaba Hannah Arendt, son seres humanos a los que se les ha privado de la significatividad de sus opiniones y de la efectividad de sus acciones. Nada de lo que piensan importa, nada de lo que hagan cuenta. Su presencia es esporádica y solo aparecen insertos en la masa de fríos números estadísticos.

Privados de todo y con su voz muda para nuestros oídos, solo les queda la caridad, que depende de una buena voluntad efímera, que nada garantiza y que horada autoestima y confianza. Resignados a su suerte, observan como quedan fuera de iniciativas y programas políticos, sociales y de gobierno. Nada es para ellos porque ya no existen para el resto.

Los derechos humanos universales y básicos dejan de existir cuando se encuentran fuera del entramado social que los garantiza. Puede que nazcan del propio ser humano y le acompañen allá donde vaya, pero no se materializan sino es dentro de una comunidad que los soporte, respete, proteja y desarrolle. Esa estructura artificial que hemos creado para garantizarlos se ha tornado cada vez más mercantilista y frágil, más competitiva e individualista, y ha rebajado hasta límites inimaginables la peligrosa frontera que divide a los de fuera y a los de dentro. A los que existen y a los que no.

Una sociedad que ha proclamado sin cesar la autonomía del individuo y el respeto máximo a sus derechos particulares encuentra su paradoja máxima al descubrir que no es más libre, sino menos que nunca. Un mundo que proclama meritocracias y una ‘mano invisible’ que todo lo ordena, ha enfrentado la sorpresa de ser más desigual de lo que jamás imaginó. El respeto a la diversidad y a la diferencia proclamado a los cuatro vientos ha terminado arremolinando a todos alrededor de hashtags y creando una nueva masa tecnológica, polarizada y enfervorizada que se olvida de todos los que están allá afuera, que sin quererlo y contra su voluntad, se han hecho inaudibles.  Ni siquiera les reservamos la tolerancia, que queda para aquellos que cumplen o incumplen la ley, pero no para aquellos para los que ya ni hay ley.

El Estado del Bienestar se ha transmutado en Estado de Malestar y la ‘aburrida seguridad’ que garantizaba y proclamaba ha virado al estresante y agotador caminar en un permanente filo de la navaja. Pero lo cierto es que todos y cada uno de nosotros, sin excepción alguna, corremos el riesgo de convertirnos en un apátrida más. Un temor inconsciente que se ha alojado ya en la sociedad, que nos acompaña diariamente y que alcanza las consecuencias más diversas y estrambóticas, desde la vuelta de populismos apolillados y de nostalgias empedernidas y poco edificantes, a comprobar con asombro como son las clases más desfavorecidas las que aúpan al poder a magnates millonarios.

Ignorar a los nuevos apátridas y regalarles nuestra inacción lleva implícito el peligro de hacer crecer lo que Erich Fromm calificó como el “miedo a la libertad”. Sin los adecuados respaldos de una sociedad que coopera y es solidaria, que no olvida al individuo pero que lo entiende y potencia en el seno de una comunidad, la libertad, como recordaba el filósofo alemán, corre el riesgo de convertirse en una pesada carga para el hombre, hasta el punto de que tratemos de eludirla. Sometimiento, autoritarismo y desigualdad se presentan entonces como tristes escenarios de los que tan solo nos separa un paso mínimo, escaso e imperceptible. Hacerlos visibles, devolverles su ‘patria’ y reconstruir con nuevos ojos esa red de seguridad es ahora más esencial que nunca.

 

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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