El hombre invisible. Una ficción muy real

Escribía por placer y con dolor. El placer de dejar negro sobre blanco recovecos de su cabeza y de su corazón. El placer de verse reflejado en cada texto y en cada píxel de esa pequeña pantalla con la cruda y pura veracidad que ningún otro espejo puede proyectar. El placer de expiarse cada poco tiempo, de dejarse llevar, de abandonarse al sin sentido y al con sentido de sus palabras. El placer de comunicar y comunicarse porque sí, sin más objetivo que mostrar sin pudor sus pensamientos y emociones. Con dolor por la idea esquiva, por repetirse, por la pereza de una línea más, de un párrafo más.

Escribía para él, solo para él porque era invisible. Ser invisible era ser ÉL con mayúsculas, sin ataduras, presiones, temores. De repente, un mensaje inocuo a mitad de mañana le sorprendió y sobresaltó. Tenía un seguidor, de no sé dónde y no sé quién. Le pareció curioso que alguien pudiera interesarse por aquello que contaba, que no tenía orden ni concierto, más que lo que le dictaba su instinto. Mucho más cuando a ese seguidor, le siguió otro, y después otro y otro…

Siguió escribiendo día tras día, pero algo había cambiado. Ya no redactaba y abandonaba el texto a su suerte. Ahora lo revisaba con fruición y horas más tarde comprobaba cuántos lo habían leído, de dónde provenían, cuáles eran las historias que más interesaban, … Sus textos ya no eran su espejo sino su altavoz, un altavoz cada vez más ruidoso. ¿Les gustará? ¿Me leerán? ¿Qué les interesará? La cámara ya no le enfocaba a él, sino a su audiencia. Del YO había pasado al ELLOS. Se había hecho visible. Entretanto, el placer se iba esfumando a medida que la lista de seguidores se iba engordando. Cuanto más le leían, menos era él y más era ellos. La expiación se había convertido en promoción. Mantener aquella curva de seguidores siempre en modo ascendente le tensionaba y trastornaba a partes iguales.

Pero un día cualquiera de cualquier mes, esa curva se quedó en el mismo lugar, estática, como en una foto fija, para seguir así al día siguiente y al siguiente hasta que otra buena mañana, inició su ruta descendente. Se sintió inseguro, enfadado con esos números insensibles que iban diciéndole adiós, y con un incómodo y pegajoso sentimiento de frustración y de estupidez.

Pensó en abandonar, demasiado esfuerzo y sufrimiento para tanta ingratitud. Seguía siendo visible, pero ya no tanto. Había dispuesto de su minuto de gloria. La tentación del abandono le duró exactamente veinticuatro horas. Y fue dejando paso a algo muy diferente, algo que podía identificar con liberación y tranquilidad. Abrió su ordenador, se dejó llevar, escribió mucho y fluido, como nunca antes, mientras aquellos píxeles volvían a reflejarle con nitidez. Su montaña de seguidores se había convertido en una pequeña ladera amable y agradecida, fiel y cálida, cómoda y tranquila, que lo disfrutaba solo por el simple hecho de ser él mismo. Había redescubierto el valor de lo invisible.

 

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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