Ni estamos locos ni sabemos lo que queremos. Recuperar la brújula interior

La sociedad del postmoralismo que denomina Lipovetzky o de la liquidez como la califica Bauman posee una característica fundamental que abarca todos los valores imperantes en la actualidad y afecta a cómo pensamos, sentimos, hacemos y nos relacionamos. La bipolaridad. Somos una sociedad capaz de decir lo suyo y lo contrario en un tan solo metro cuadrado. Se nos exige responsabilidad en el consumo y conciencia ecológica, pero por otra parte se nos pide comprar más porque es nuestro principal motor económico y quien sostiene el sistema. Se nos invita a darnos caprichos porque nos lo merecemos y a la vez aparece una cultura higienista que proclama la importancia de cuidarse más que nunca. Se nos empuja a vivir el presente y disfrutar el momento mientras se dibujan catastróficas imágenes del futuro que nos previenen de los peligros de preocuparse solo por el momento actual. Cultivamos nuestro interior, pero enseguida acudimos a las redes sociales para contar a los demás nuestros progresos. Hacemos de la intimidad el tesoro más preciado, pero la exponemos con pelos y señales en los distintos medios de comunicación y sociales. Queremos el Estado del Bienestar, pero entendemos que los impuestos son una carga de la que nos encantaría desprendernos.

Aunque las contradicciones son propias de la naturaleza humana, cuando se elevan a un nivel social pueden llegar a volvernos esquizofrénicos. Vivir en este relativismo constante afecta a nuestros niveles de compromiso con nosotros mismos y con los demás. Dado que lo que hoy es blanco a las horas puede ser negro, la capacidad de comprometernos se torna cada vez más compleja. Sin ese compromiso, es muy difícil que surjan la confianza y la motivación. Nos es harto difícil confiar en los demás y sentirnos motivados hacia las cosas si mañana pueden cambiar y pasado mañana volverlo a hacer.  El resultado de todo ello son individuos resignados a su suerte, que dimiten de tomar el control de sus vidas y se enfocan en el cortoplacismo más absoluto.

La sociedad se vuelve así ansiosa, desmoralizada y en busca de un sentido que no acaba de encontrar por más que lo intenta, que no sabe lo que quiere. La raíz de todo este cambio se encuentra probablemente en un cambio del lugar donde situamos la virtud y lo moral. Hasta hace pocas décadas, la virtud y la moral estaban en la propia persona y hacían de brújula interior para orientarnos en nuestras vidas. Hoy en día se han trasladado al exterior y son las normas y las leyes las que marcan nuestro comportamiento social y las que enmarcan la forma de relacionarnos y de calificar las cosas. La consecuencia de este desplazamiento es que esas normas intentan buscar el equilibrio entre el respeto al individuo y la adecuada convivencia y armonía social con el resultado de esa bipolaridad. Se trata de nadar y guardar la ropa. Regular pero no demasiado porque asfixia. Recomendar mejor que ordenar. Invitar a en lugar de desplegar autoridad. Todo esto genera la necesidad de interpretar la ley y el reglamento constantemente, y de ahí la creciente judicialización de nuestras relaciones. Necesitamos alguien imparcial que dirima las diferencias.

Quizás sea un buen momento de recuperar esa brújula interior, eso que castizamente se llamaba sentido común, que crea un espacio compartido intangible que ayuda al entendimiento, que nos hace responsables, respetuosos con los demás y consistentes en nuestros compromisos. Dejar de pensar tanto en el MÍ y comenzar a pensar en el NOS. Seguramente sea el mejor camino para no estar locos y saber lo que queremos.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

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