La vida es demasiado seria como para tomársela en serio

Si hay un vencedor en los últimos tiempos en nuestra sociedad, ese es el drama. Hay drama en los medios de comunicación y las noticias, en los cada vez más frecuentes rumores que inundan las oficinas y el trabajo, en las relaciones sociales y sentimentales que mantenemos, en la idea de futuro y en la forma de vivir el presente. Los tiempos posmodernos han edificado parte de su acercamiento y entendimiento del mundo a través de la incertidumbre, el miedo y el drama. Lo dramático nos ayuda a empatizar con otras situaciones, nos sitúa en el lugar de otros, e incluso nos proporciona felicidad porque nos hace apreciar lo bueno que tenemos en nuestras vidas en comparación con esos dramas que se nos muestran. Sin embargo, cuando la dramatización se lleva al extremo y nos rodea de manera constante, los beneficios se tornan en desventajas. Nos convertimos en seres adictos a él y a esa sobre excitación emocional que mantiene en constante funcionamiento nuestra amígdala cerebral.

Pero más allá de esas implicaciones cerebrales y emocionales, existe una consecuencia relacionada con el comportamiento social todavía más importante aún si cabe. Cuando enfrentamos algo con tono dramático, inmediatamente adquiere una importancia y relevancia tal que achica el espacio para el sentido del humor o para la ironía. Al haber un exceso de drama, no dejamos lugar para la broma o la ironía, que son mal vistas, incomprendidas y repudiadas. El resultado es una especie de cruzada contra cualquier punto de vista irónico o humorístico al que se le califica como falto de sensibilidad, cruel o poco empático con el drama de los demás.

Pero la realidad es que nada hay que fomente más la empatía y la comprensión de los demás que el sentido del humor y la ironía. Para desplegarlos se requiere un entendimiento previo y en profundidad de la situación, pues solo así se puede hallar el doble sentido y jugar con los matices que encuentran otro punto de vista sin, por ello, dejar de ser sensibles a lo acontecido.

El sentido del humor y la ironía son liberadores y fomentan la creatividad y la imaginación proporcionando otras perspectivas. Descomprimen tensiones y, por encima de todo, nos hacen mucho más tolerantes. La dictadura del drama nos ha vuelto una sociedad incapaz de entender esos dobles sentidos, donde todo se toma literal, como un extendido síndrome de Asperger y en la que todo lo que se salga de lo formal, es repudiado. En una sociedad que presume de libertades y tolerancia no nos permitimos reírnos de nosotros mismos. Y una sociedad que no se ríe de ella misma, está enferma.

Debemos aprender a contraprogramar comedia frente a drama en la vida de cada uno de nosotros, en nuestras relaciones y entender que reírse de uno mismo y con los demás no es frivolidad ni falta de sensibilidad, sino todo lo contrario, es empatía, tolerancia y una verdadera madurez.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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