¿Y a ti qué te define? Cuando etiquetarse es perder la esencia

Cada vez que nos topamos con personas desconocidas en nuestra vida, es habitual enfrentarse y realizar también preguntas prototípicas como ¿A qué te dedicas? ¿En qué trabajas? ¿Qué has estudiado?… Todas y cada una de estas cuestiones aparecen de modo espontáneo con el fin de etiquetarnos y ubicarnos en un determinado espectro para, a partir de ahí, inferir expectativas, prejuicios, personalidades, forma de comportarnos, creencias y estereotipos varios instalados socialmente alrededor de esas etiquetas.

Las etiquetas aportan comodidad porque permiten crear modelos que ubican a las personas en un ámbito determinado, ayudan a organizarnos, favorecen “en teoría” el entendimiento y proporcionan cierta seguridad y enfoque puesto que nos procuran un cierto sentido de pertenencia. Por el contrario, nos simplifican en exceso y reducen nuestra capacidad de expresar todo nuestro potencial y nuestra identidad. Establecen una visión altamente reduccionista de nosotros e impiden a su vez que tengamos un conocimiento más amplio de quienes nos rodean. ¿No sabía que te gustara esto? o ¿no tenía ni idea de que hicieras aquello? son los interrogantes habituales que surgen cuando entablamos una relación más profunda con otras personas y nos permitimos el “lujo” de eliminar etiquetas para verlas en todas sus dimensiones.

El problema de todo ello es que esas etiquetas que nos colgamos, tan reducidas y limitadoras, son las que ahora nos exigen para movernos en el mundo actual. Sin etiquetas no eres visible ni encontrable (y menos aún en el mundo online). Y sin visibilidad, no existes. Aquí está el gran error. Queriendo ser visibles y existir para los demás, nos etiquetamos y nos simplificamos en exceso, y la consecuencia es que dejamos de existir para quien es más importante, nosotros mismos. Matamos otras partes de nuestra esencia. El ser humano es fractal, hecho de un montón de aristas peculiares que evolucionan continuamente pero que conforman un ser coherente y único, y eso está por encima de etiquetas que nos hagan identificables. Precisamente, la grandeza de las personas no se mide por su facilidad para etiquetarlas, sino por su capacidad de expandirse y evolucionar. Nuestro espíritu es como ese gas que cuando se comprime queda encerrado a una alta presión, y que cuando se suelta se expande y la presión desaparece. Necesitamos expandirnos, dejar de vivir comprimidos por etiquetas, permitirnos el lujo de ser inencontrables e indefinibles para ser realmente libres. Si lo que nos define únicamente es la carrera que estudiamos cuando éramos jóvenes o el trabajo en el llevamos veinte años, sin duda estamos comprimiendo nuestro ser en aras de ser identificables por los demás. Pero somos mucho más que eso, somos mucho más que un trabajo o un estudio. Somos seres en constante evolución y aprendizaje. No debemos permitir que sean las viejas reglas las que nos definan. Paradójicamente, es nuestra imposibilidad de definirnos lo que nos define.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

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