La gran paradoja. Cuanto más progresamos, más nos parecemos a nuestros ancestros menos evolucionados

Probablemente nadie dude en afirmar que nuestra época es la de mayor progreso y la que más rápidamente evoluciona. Buena parte de esos adelantos están centrados en los avances tecnológicos que marcan a su vez la forma de relacionarnos, de vivir en comunidad (o mejor dicho, de dejar de vivir en comunidad), de trabajar, de legislar, de crear negocios, etc. Incrementamos nuestra esperanza de vida (lo de la calidad de la misma es otro cantar), acumulamos más bienes que nunca y sentimos que cuanto más tenemos, más somos. Colocamos al individuo como la centralidad, y como especie nos consideramos más importantes y poderosos que nunca, apoyados en un cientifismo cada día más creciente, que trata de superar las limitaciones que como seres humanos poseemos.

Pero esta híper evolución contiene algunas características que, paradójicamente, nos están acercando a nuestros ancestros menos evolucionados.

Lo que nos acerca a los ancestros

Es de imaginar que, tras tantos años de evolución, nuestra especie hubiera resuelto el principal problema y motor de la vida de nuestros ancestros. Sin embargo, lejos de solventarlo, vuelve a tomar un cariz determinante, y este no es otro que la supervivencia. Lejos de habernos procurado modelos sociales que garantizaran dicha supervivencia, nos encontramos con que la tenemos incluso menos segura que hace miles de años. Esta lucha por la supervivencia la apreciamos en nuestros días en varias cuestiones.

Trabajo. El trabajo es nuestro campo de caza. Si antes se salía a cazar para subsistir, ahora ese lugar lo ocupa el desempeño laboral. Nuestra sociedad ha creado una ecuación clara de trabajo igual a supervivencia. Si no trabajamos, no sobrevivimos (incluso a menudo ni trabajando podemos sobrevivir). Puede que no tengamos la tensión de volver a nuestras cuevas sin una pieza cobrada, pero la tenemos por el temor a perder nuestro puesto y quedar sin recursos para la subsistencia. No importa la tecnología que haya alrededor de ese trabajo, ni las estrategias de gestión cuando la gran parte de las personas sienten que van a trabajar para poder vivir. Supervivencia clara.

Competitividad. Frente a un concepto de comunidad que coopera, formamos una sociedad de individuos que compiten entre sí por las cosas. Establecemos muchas relaciones de manera interesada y transaccional, para lograr nuestros intereses. Si el individuo es el centro, cada uno debe conseguir lo máximo para sí mismo y eso se hace en detrimento de los demás. El mundo parece escaso para todo lo que queremos lograr, así que los que me rodean son mis rivales. Puro instinto ancestral.

Vivir con poca conciencia. El 95% de las personas afirmó en una encuesta en Reino Unido vivir con el piloto automático y no plantearse nada. Es decir, han anulado su conciencia. La conciencia es la que resuelve nuestros conflictos en la mente, la que cambia nuestro rumbo y la que en esencia nos hace realmente humanos. Vivir sin conciencia es ser un autómata que se dirige por impulsos y automatismos. De vez en cuando, la conciencia ha de aparecer para repensar y repreguntarse las cosas. Eso es la evolución.

No idea del futuro. El futuro es hoy no solamente es un bonito eslógan usado en cientos de ocasiones, sino una realidad de nuestros días. No hay más futuro que el presente para buena parte de las personas. Y es que sin conciencia y solo viviendo con el piloto automático, quedamos encerrados en el presente, en el día a día, como nuestros antepasados que solo podían preocuparse del hoy y de su subsistencia.

De súper niños y viejos retirados. Finalmente, desde muy pronto preparamos a los niños para su futuro con una exagerada agenda de formaciones y experiencias, queremos adelantar las edades de la adultez para que, como antaño, nos sean útiles cuanto antes. Por otra parte, no dudamos en apartar a los más mayores como sucedía en estas sociedades cazadoras porque se convertían en una “carga” al no ser útiles en la provisión de alimentos y ser una boca más con la que compartir el botín. Los jubilamos, los metemos en residencias y los anulamos. A pesar de que la vida se alarga y las posibilidades aumentan, curiosamente actuamos como si fuera más corta que nunca.

Estas y muchas otras son algunas de las paradojas de un mundo que, bajo la apariencia de progreso, esconde circunstancias que nos hacen parecer a nuestros ancestros. No está de más ser conscientes de dónde se debe potenciar y enfocar la verdadera y real evolución.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

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