Mantente alerta con la experiencia. No es oro todo lo que reluce

Siempre hemos considerado la experiencia como un valor. “La voz de la experiencia” es una sentencia que todos aceptamos y a quien la posee le damos un plus de respetabilidad. Y es que la experiencia, que no es lo mismo que ser experto, nos proporciona confianza, seguridad y nos permite responder con rapidez, fiabilidad y eficacia a situaciones muy determinadas. Experiencia es garantía de sentirnos seguros, confiados y cómodos. Externamente, aporta tranquilidad y referencias a aquellos que nos rodean. Como un trabajado tesoro, la vamos acumulando a lo largo del tiempo y de los distintos acontecimientos que nos suceden.

En nuestro cerebro, se crean conexiones neuronales como si fueran autopistas que, a base de emplearlas de manera continuada, acaban mecanizándose y hacen que apenas sin reflexión ni esfuerzo, demos una respuesta veloz.

En definitiva, parece un estado ideal porque, sin apenas dificultad, somos capaces de resolver determinadas circunstancias (algo que nuestro cerebro siempre desea, economizar esfuerzos y ahorrar energía), interiormente nos mostramos cómodos y seguros, y externamente somos reconocidos y respetados.  Además, aparece otra variable que realza el valor de la experiencia que está relacionada con el concepto de coste hundido que tanto se maneja en la ciencia económica. Adquirir experiencia nos ha llevado una importante inversión de tiempo y de trabajo, así que salir de esa zona de experiencia supondría “en teoría” echar por la borda dicha inversión. Esto supone que sigamos invirtiendo en ella aunque la rentabilidad de la misma sea  mucho menor, y a veces negativa.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y debemos mantenernos alerta respecto a algunos vicios que la experiencia lleva aparejados.

Lo que la experiencia esconde

Detrás de todos los beneficios que contiene la experiencia, que son muchos y necesarios, se esconden también algunos peligros ante los que debemos permanecer alerta:

El sesgo de la experiencia. Cuando poseemos experiencia en algún campo, tendemos a cronificar nuestro punto de vista, a hacerlo inamovible e indiscutible, y nos cuesta mucho más cambiar de opinión. Esto sucede porque la experiencia ha llegado a formar parte de nuestra identidad, y alterar nuestra opinión es alterar nuestra propia identidad. Por eso somos capaces de forzar y modificar la evidencia antes que nuestra forma de pensar.

Inflexibilidad e incapacidad de adaptación. Nuestro propio cerebro ha creado conexiones robustas que nos hacen resolver las cosas de manera rápida y sin apenas dificultad. Esto hace que le cueste cada vez más construir nuevas conexiones que requieren esfuerzo y tiempo de aprendizaje.

Temor al cambio. Consecuencia de los dos puntos anteriores es el temor y la resistencia al cambio. Alterar el statu quo supone realizar nuevas inversiones y “supuestamente” (porque nunca se desaprovecha) perder todo lo invertido.

Incapacidad de ver lo evidente. La experiencia delimita un campo muy concreto y seguro que hace que lo que está un poco más allá no sepamos divisarlo, aunque sea muy evidente. No estamos programados para su aceptación, sino para su negación. Aceptarlo es lo más sensato pero lo más doloroso y preferimos evitar el dolor.

Baja tolerancia a otros puntos de vista. Cuando poseemos mucha experiencia, despreciamos las opiniones de otros que entren en contradicción con lo que defendemos o que aporten otras perspectivas, y las calificamos de advenedizas. Perdemos así una estupenda oportunidad de aprendizaje.

Causalidades erróneas. La experiencia nos lleva a pasar todo por un mismo modelo mental, y a encajar lo que sucede en ese modelo. La derivada es asignar causas a determinados hechos que no se corresponden con la realidad, con los peligros que esto puede conllevar de hacer diagnósticos equivocados.

Conductas autojustificativas. Cualquier acto que realicemos, esté bien o mal, siempre vamos a tender a justificarlo, en lugar de reconocer que podemos equivocarnos.

Más frágiles. Aunque en apariencia el tener experiencia nos hace más robustos, como vemos en los anteriores puntos, tenemos más fragilidad y vulnerabilidad ante los cambios y las situaciones desconocidas que tarde o temprano nos toca vivir.

Menor creatividad. El origen de la creatividad está en el reconocimiento de no saber. Si detectamos que hay un hueco que deseamos llenar, entonces comenzamos a intentar hacerlo buscando otras perspectivas y puntos de vista hasta que creamos algo diferente. Este es el proceso de la creatividad. La experiencia a menudo va muy pegada a la incapacidad de reconocer que hay cosas que no sabemos, y entonces apagamos la creatividad.

Más de lo mismo y menos innovación. Directamente ligado a la creatividad, la experiencia nos lleva a usar nuestros mismos patrones y formas de hacer, a no crear nada diferente y por lo tanto a hacer más de lo mismo frente a algo nuevo e innovador.

Cuando invertimos tiempo en algo y aprendemos de aquello que nos vamos encontrando, es inevitable y positivo adquirir experiencia. La experiencia es una consecuencia de un trabajo previo que nos resulta de gran ayuda siempre y cuando seamos conscientes de que acomodarnos a ella puede disparar algunos peligros no siempre evidentes.

Nada hay más indicado que combinar en adecuadas dosis nuestra experiencia y una actitud de renovación.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

 

 

 

 

 

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