Los rankings y la mediocridad. Cuando un exceso de medición nos empobrece

Cuando no podemos desarrollar toda nuestra individualidad e idiosincrasia como se merece, acabamos inmersos en la mediocridad. Y pocas cosas la cercenan tanto como la obsesión por la medición y su consecuencia más directa, los rankings.

La medición nace con la idea de ayudar a focalizarnos en aquello que consideramos más importante y conocer dónde debemos actuar para mejorar. Bajo esta perspectiva, medir es una vía para progresar. El problema comienza cuando transformamos esta concepción en otra muy distinta, y convertimos los indicadores y las mediciones en estándares sobre los que clasificamos todo (valía de las personas, de las instituciones, de las empresas, calidad, bienestar, felicidad, etc.) y bajo los que se toman importantes decisiones. Es en ese momento cuando aparece el ranking como elemento ordenador, como juez que determina de manera “presuntamente objetiva” lo que es bueno y malo, lo que vale o no vale. Unos rankings que surgen con la vana ilusión de objetivarlo todo (una premisa imposible desde el momento en el que se eligen unos indicadores y no otros, así como una forma determinada de medirlos) y de elevar el mérito hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, poseen un efecto secundario a menudo ignorado y es que nos acerca a lo mediocre. El ranking ataca directamente el desarrollo de nuestra individualidad, y como decíamos al comienzo del artículo, nos hace mediocres.

¿Por qué se acentúa la mediocridad cuando nos obsesionamos con los rankings?

Los rankings traen como resultado generalmente una distribución similar a la de la campana de Gaus, donde la gran mayoría tiende a situarse en los valores medios, en una zona donde todo es similar y en la que quedan ahogadas las verdaderas potencialidades de cada persona. Algunas causas de esa acentuación de la mediocridad son:

Miden a todos por el mismo rasero. Cuando se hace un ranking, se definen variables sobre las que medir y valorar. Por el contrario, las competencias y facultades más relevantes de una gran mayoría de nosotros, las que nos hacen distintos y en las que destacamos, no tienen porqué coincidir con lo que se mide, por lo que acabamos siendo valorados solo por aquello en lo que realmente somos mediocres. Esto, como decíamos en otra parte del texto, hace que tengamos que focalizarnos en lo que realmente poseemos menos facultades y trabajar en lo que no destacamos especialmente.

Limitan el campo de actuación. Directamente relacionado con el anterior epígrafe, si aquello en lo que podemos destacar no es valorado ni tenido en cuenta, lo abandonamos y nos centramos en lo que nos es “útil” en teoría, y limita nuestro campo de desempeño y empobrece el desarrollo personal y de la sociedad.

Fomentan la homogeneidad frente a la heterogeneidad. Los rankings estandarizan porque se diseñan para disponer de baremos comparables y poder clasificar, así que buscan lo que es homogéneo, y rechazan lo diverso y heterogéneo.

Sitúan a la media como referencia universal. Cuando tenemos rankings que concentran a casi todo el mundo en el centro, esa distribución normal se convierte en la referencia a la que tender y en la que habitar.

Competitividad vs. cooperación. Otra consecuencia directa que nos lleva a la mediocridad es que nos induce a competir en lugar de a cooperar. La comparación explícita sobre factores específicos dirige a las personas a conductas mediocres relacionadas con una competitividad exacerbada.

Disparan el resultadismo y el cortoplacismo. Directamente vinculado con el punto anterior, cuando se compite se pierde de vista la visión enriquecedora del largo plazo y la idea de inversión a futuro que nos hace progresar de verdad. En cambio, se sustituye por el resultadismo, el interés a corto plazo y el presente.

Aumentan la dependencia y disminuyen el criterio. El ranking se ha convertido en el sustituto del criterio personal, del pensamiento crítico. Ya no son los baremos de cada uno los que marcan nuestro comportamiento y acciones, sino los que están en un listado. Perdemos así control, independencia, personalidad y originalidad, y nos convertimos en uno más.

Esta cultura de la hipermedición que fomenta que nos encuadremos en lo mediocre y no explotemos nuestras potencialidades deja tras de sí también un importante sentimiento de frustración, por no poder expresar y vivir conforme a nuestra identidad e individualidad.

Por eso no hemos de olvidar que el primer y más importante ranking comienza por desarrollar nuestro pensamiento crítico y nuestro propio criterio personal.

 

Si te ha interesado este artículo y otros del blog elfactorpersona.com y quieres plantear alguna colaboración, puedes contactar en oscarfajar@gmail.com

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