La trampa del low cost. Cómo ha convertido la calidad en inaccesible y ha hecho descender nuestro nivel de bienestar

Existe una idea extendida de que la llegada hace años de los negocios low cost ha permitido que podamos tener acceso a cosas antes impensables. Gracias a estas iniciativas hemos podido conocer lugares remotos, decorar y redecorar continuamente nuestras casas o llenar nuestros armarios de prendas de ropa, entre otras muchas cuestiones.

Un modelo bajo el que subyace la premisa de que las personas debemos consumir más y un poco antes de que lo necesitemos para que esos negocios alcancen la rentabilidad. La estrategia para lograrlo es que las empresas rebajen sus costes y la calidad de lo que venden justificándolo porque el precio es menor.

Un esquema que ya se ha extendido a todos los ámbitos de nuestra vida y que está afectando a nuestro bienestar, rebajándolo hasta niveles nunca antes vistos. Aceptamos que una prenda no dure más de un mes, que los alimentos que tomemos sepan a nada, que haya que asumir un sobreprecio inmenso por cada gramo de peso que coloques en tu maleta en un avión…

Sin embargo, lo aceptamos con normalidad porque creemos que es la tasa que hemos de pagar si queremos acceder a cosas que, de otra forma, jamás podríamos. Pero, de manera silenciosa, ese bajo coste está también rebajando nuestro nivel de calidad de vida.

La zona intermedia se ha quedado vacía

¿Qué es eso de que la zona intermedia se ha quedado vacía? ¿Qué significa exactamente? Sencillamente que vivimos en un espectro en el que hay dos polos: el bajo coste y la alta calidad. Todo lo que consumimos y disfrutamos se sitúa ahora en uno de esos dos polos. El panorama se ha polarizado y la zona intermedia se ha quedado desierta. Pero es precisamente esa zona la que, cuando está adecuadamente poblada, genera un mayor nivel de bienestar.

El mundo de la alimentación es un ejemplo perfecto. Hoy en día, tenemos más acceso que nunca a alimentos de todo tipo a un coste teóricamente bajo. Pero todos son de una calidad menor. Los productores no tienen incentivos para situarse en la parte intermedia. Aquél que desea producir con más calidad para esa parte media no puede competir con los que fabrican con bajos costes. Su respuesta entonces es o producir con mucha más calidad e irse al polo extremo, el de la alta calidad para un escaso número de personas, o unirse al bajo coste. La consecuencia primera de este fenómeno es que nuestro nivel de calidad alimenticio ha descendido y que acceder a un nivel un poco superior nos resulta imposible, algo que antes no ocurría porque esa zona media era donde estaban gran parte de los productores.

Pero existe otra segunda derivada y es que la baja calidad es cada vez más cara. Al existir tanta distancia entre un polo y otro y nada intermedio, los productores de bajo coste tienen incentivos para incrementar más los precios sin incrementar esa calidad, porque no tienen competencia. Tenemos muestras claras en el mundo de la moda, de las aerolíneas y el turismo, entre otros muchos.

De esta forma, nos encontramos con que vivimos consumiendo cada vez cosas de menos calidad por las que pagamos cada vez más.

 

Las consecuencias invisibles del low cost en nuestro bienestar

Hay incontables consecuencias que se pueden derivar de esta circunstancia comentada en el anterior epígrafe, que van desde la salud física hasta la sostenibilidad medioambiental de los recursos naturales. Pero hay tres especialmente relevantes para nuestro bienestar:

El dios consumo. La baja calidad de las cosas nos lleva a renovarlas de manera constante y esto se acaba convirtiendo en un instinto incontrolable, hasta el punto de que no importa lo que consumamos, sino el acto de consumo en sí mismo. Es ese acto de consumo lo que importa, de ahí ahora el interés en “generar experiencias” en cada uno de estos actos. Hemos santificado ese acto como el momento culminante, y todo lo que le sigue es una pendiente de insatisfacción que nos lleva a demandar otro momento de consumo.

La dictadura del estándar. Lo peculiar se transforma en anomalía. Para que el modelo del bajo coste encaje y podamos comprar mucho a poco precio (en teoría y solo en teoría, porque como vimos, comprar barato ya es caro), nos hemos de constreñir y adaptar a los estándares marcados. Cualquier cuestión que se salga de lo común se convierte en anomalía. La peculiaridad nos hace diversos y diferentes, nos enriquece. Pero la realidad es que vivimos constreñidos a lo que puede ser y es posible, no a lo que podría ser y sería deseable.

Se nos olvidó disfrutar. Cantidad versus calidad. Esa es la realidad. El cuanto más mejor ha sustituido al cuando mejor, más. Disfrutar requiere tiempo para tener el estado adecuado y tiempo para querer las cosas. Solo cuando tenemos las cosas durante mucho tiempo surgen los afectos, el cariño y las querencias. El cambio por el cambio nos ha convertido en devoradores de bienes, no en degustadores.

Tomar conciencia de estas cuestiones nos ayudará a modular nuestra forma de comportarnos ante el low cost y encontrar un equilibrio que facilite un mayor bienestar.

 

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