La sociedad de la adición y de la adicción. Cuando sumar no siempre es positivo

Cuanto más, mejor. Esta máxima es uno de los principales motores que mueve nuestra sociedad. Más posesiones, más conocimientos (no importa lo relevantes o no que sean, ni la profundidad y valor real que posean), más amistades, más esperanza de vida, más ventas, más seguidores, más likes,… Adicionar es sinónimo de éxito, de progreso. Si no sumamos, tenemos la sensación de no avanzar, de no prosperar.

Como seres humanos, poseemos dos sesgos que nos llevan a decantarnos por adicionar cosas en nuestras vidas. De una parte, tenemos una pronunciada aversión a la pérdida. No nos gusta perder algo que nos pertenezca, por lo que la tendencia no es a restar sino a sumar y acumular. De otra, poseemos un instinto primitivo que nos incita a guardar por si vienen tiempos de escasez.

A su vez, en el ámbito social el disponer de más nos provee de un cierto estatus, de una posición y un reconocimiento. Hemos creado una ecuación en la que tener más es igual a ser más. El tener equivale al ser. Así que cuanto más sumamos, más tenemos y más somos. Es algo fácil de entender, tangible y reconocible, de ahí que la idea se haya expandido rápida y extensamente entre todos nosotros.

Dos y dos no siempre son cuatro. Los costes ocultos de la adición

Bajo los aparentes y evidentes beneficios de la suma y de añadir cosas a nuestra vida, existen unos costes que a menudo permanecen ocultos y que, sin embargo, van minando nuestro bienestar y felicidad.

De la adición a la adicción solo hay un paso. Adicionar y tener más nos proporciona una recompensa inmediata, una gratificación instantánea que se realimenta por la presión para volver a sumar y nos lleva a repetir el proceso, haciendo que el beneficio sea cada vez más efímero y menos satisfactorio, y convirtiéndonos en adictos buscadores de lo instantáneo.

Frustrados como nunca. Nuestras capacidades son limitadas, pero no así la oferta de posibilidades que se pone a nuestra disposición. La consecuencia es que nunca abarcamos todo aquello que se nos muestra, y esto deriva en frustración. Cuanto más sumamos, más nos frustramos.

La culpa que no nos abandona. Cada acto de adición tiene dos caras: una es la del deseo que nos mueve a sumar más, a adquirir y a acumular; su envés, en cambio, es el de la culpa y el remordimiento. Cada suma lleva aparejada su sentimiento de culpa, que no es proporcional sino exponencial. Cuando sobrepasamos un cierto límite, esta sensación se convierte en un acompañante permanente.

Temerosos y conservadores. La osadía es una de las primeras invitadas que se baja del barco cuando vivimos en un mundo de suma continuada. El temor a perder se hace cada vez mayor cuanto más poseemos, nos atenaza y nos llena de miedo.

El confort nos dirige y paraliza. La incomodidad nos moviliza y el confort nos paraliza. Tememos perder lo que poseemos y entonces creamos una zona confortable que nos garantice su conservación. El resultado es quedarnos donde estamos.

Dependientes y sin control. Cuanto más sumamos, más factores añadimos a la ecuación de nuestra vida y, por tanto, más riesgo y dependencia de ellos, y menos control sobre lo que nos sucede.

La fragilidad nos define. Ese temor y esa dependencia nos hace cada vez más frágiles. Abrimos cada vez más flancos que nos provocan debilidad ante un riesgo de pérdida cada vez más acentuado. Lo más fuerte y robusto es el núcleo, y adicionar cosas nos aleja de él y nos resta robustez.

Competitivos, recelosos y envidiosos. Vivimos en una competición encarnizada porque fijamos nuestras metas en sumar y tener más, y esto creemos que solo puede hacerse a costa de los otros, porque entendemos el mundo como escaso. Establecemos así relaciones basadas en la envidia, el recelo y la amenaza constante.

Olvidamos lo relevante. Sumar de forma obsesiva y descontrolada es como colocar más arboles que no dejan ver el bosque. Perdemos de perspectiva lo importante, sobre reaccionamos y nos mostramos incapaces de relativizar, lo que nos sitúa en una sensación continuada de tensión y estrés.

Adiós futuro, viva el presente. La búsqueda de lo instantáneo y la competitividad nos hace presas del cortoplacismo, del resultado inmediato, y hace ver el futuro como algo inseguro y lejano sobre lo que nos cuesta proyectarnos. La consecuencia es que esa falta de perspectiva nos resta motivación intrínseca y duradera.

La perseverancia sale por la ventana. Vivir en el presente sin mirar al futuro y tender a la gratificación instantánea son un pasaporte directo a abandonar la perseverancia. Solo perseveramos y resistimos si dibujamos claramente un futuro y un largo plazo. Cuando vivimos solo para sumar a corto plazo, la perseverancia sale por la ventana.

Restar es la nueva suma

Restar en nuestros tiempos tiene mala prensa. Terminar con menos de lo que se comenzó suele ser identificado con el fracaso (salvo honrosas excepciones como las dietas de adelgazamiento, por ejemplo). Pero lo cierto es que estamos sumidos en nuestras vidas en una ley de rendimientos decrecientes, donde cuanto más sumamos, alcanzado un punto, menos rendimiento obtenemos hasta hacerlo casi negativo. Frente a ello, tres ideas sencillas sobre las que pivotar nuestras acciones nos ofrecen dirección y eliminan los riesgos de la adición desmesurada.

Volver a lo nuclear y quitar lo que sobra. Como antes veíamos, lo nuclear es fuerte y resistente y adicionarle demasiadas cosas lo debilitan. Preservar ese núcleo pequeño, robusto y claro significa respondernos de manera sincera a nuestro ¿para qué? que nos otorga sentido, compromiso y claridad.

Renovar no significa acumular. Erróneamente, identificamos renovarnos con acumular pero, a menudo, las cosas necesitan ser sustituidas y no conservadas. Encontrar ese equilibrio entre mantener lo esencial y renovar sin acumular es básico para que cuando sumemos, el rendimiento no sea decreciente, sino exponencial y sostenible.

El mundo es abundante. Si tenemos claro lo nuclear y esencial, y renovamos sin acumular, descubriremos que el mundo es realmente abundante y no escaso. No es necesario competir, ni envidiar ni mirar con recelo a los demás cuando percibimos que poseemos suficiente.

Sumar con sentido y restar cuando sea necesario son dos cuestiones fundamentales para aumentar nuestro bienestar y nuestra felicidad.

Descubre cómo el coaching puede ayudarte a encontrar el equilibrio entre sumar y restar cosas para aumentar tu bienestar.

Si quieres más información o contratar sesiones de coaching:

Contacta en: coachingelfactorpersona@gmail.com

 

 

 

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