¿Qué pasaría si lo perdiéramos todo? La supervivencia es nuestro nuevo reto

El ser humano está programado para la supervivencia, como cualquier otra especie de nuestro planeta. Es el instinto más primitivo y ancestral. Pero nuestra evolución ha ido añadiendo múltiples capas por encima de él que han permitido que nos desarrollemos hasta cotas que ningún otro ser vivo ha podido alcanzar. Hemos aprendido a socializar y relacionarnos de forma cada vez más compleja, a colaborar, a planificar, a proyectarnos al futuro o a imaginar, y hemos creado estructuras sociales para acompañar todo este proceso evolutivo y garantizarnos cierta seguridad. A cambio cedemos buena parte de nuestra autonomía e independencia. Vivimos acomodados y volcamos en esas superestructuras creadas artificialmente la esperanza de que diseñen un entorno controlable y predecible en el que habitar. Pero la vida nos recuerda de vez en cuando lo maravillosamente impredecible que es y es ahí el momento en el que nos acordamos de desempolvar nuestro instinto de supervivencia.

Las fuerzas que entierran nuestro instinto de supervivencia

El mundo no es un laboratorio controlable al ciento por ciento, afortunadamente. A pesar de ello, seguimos diseñando todo como si lo fuera, apagando nuestra fuerza autónoma interior. A ello contribuyen muchos factores, entre los que destacan esencialmente:

El mundo educativo. ¿Cuánto de lo que se enseña en las aulas sirve fuera del mundo académico? ¿Cuán cerca está ese entorno académico de los retos que diariamente nos plantea nuestra existencia? ¿Miles y millones de personas deben aprender lo mismo, con los mismos postulados y esquemas que fueron diseñados y pensados por unos pocos que, además, no tienen lo que se dice un contacto muy directo con la realidad? La educación hiperformalizada que ahora padecemos posee el efecto secundario de instalar en nuestras mentes la idea de que lo que aprendamos es lo que viviremos y nos hace menos capaces de adaptarnos, aunque parezca un contrasentido.

La mala fama del ensayo y error. Por más que nos digan que el error es positivo, socialmente estigmatiza y nadie desea equivocarse. Ensayar, equivocarse y aprender para variar el rumbo es el verdadero proceso que nos robustece, pero al que cambia de rumbo le llamamos inconstante y al que falla repetidas veces, incapaz.

El trabajo por cuenta ajena. Las personas entregamos nuestro tiempo, esfuerzo y a veces la salud a cambio de una “supuesta” y frágil seguridad de un salario y de la despreocupación de tener que pensar en cuáles serán nuestros próximos pasos para ganarnos la vida. Solo tenemos que preocuparnos de ser “buenos chicos”, fichar, hacer lo que se nos pide y así día tras día. El crear nuestro propio futuro ha pasado a darnos pereza, vértigo y miedo. Nuestro instinto de supervivencia surge del temor, del miedo a esa hoja en blanco. Siempre nos saca adelante y descubre lo mejor de nosotros mismos. Apagarlo supone estar continuamente pensando en un “lo que pudo haber sido y no fue”.

La mega especialización. Es tal el nivel de complejidad que hemos introducido en nuestra sociedad que necesitamos especialistas para todo. Pero en esa mega especialización está la trampa de cavar nuestro propio hoyo y no dejarnos ver más que un pequeño y microscópico aspecto de la amplitud que tiene nuestra vida. Y todo ello aumenta la dependencia de otros especialistas en aquello campos que desconocemos. La conclusión es una mayor debilidad para sobrevivir.

El meta trabajo. La aspiración de ser cada vez más grandes ha hecho que las organizaciones hayan puesto como objetivo la eficiencia, y qué mejor para ello que los procesos. El proceso es el rey y se ha convertido en un objetivo en sí mismo de manera artificial, lo que nos ha separado de nuestra realidad. Habitamos en los procesos y procedimientos, somos parte de ellos y fuera de ellos nos morimos.

La falsa idea de “a más datos, más predicción”. La tecnología permite que tengamos la posibilidad de registrar interacciones múltiples, ordenarlas, segmentarlas y actuar sobre ellas. Pero eso no significa que podamos predecir lo que vendrá en un futuro. Los datos no son el antídoto para la imprevisibilidad.

Recuperar nuestro instinto para sobrevivir

Dentro de las múltiples opciones que disponemos para revitalizar el instinto de supervivencia, existen algunos esenciales:

Ser autodidacta. Diseñar nuestro propio plan de desarrollo y llenar nuestra estantería de libros que sean realmente útiles a cada una de nuestras circunstancias nos hace realmente libres e independientes, igual que rodearnos de personas que tienen un pensamiento y forma de actuar que nos aportan un valor real y tangible. El mejor plan reglado es el que se adapta a nuestra única y específica realidad.

Acampar en las fronteras. En un mundo donde todo se etiqueta y las especialidades son el lugar más común y fácil en el que estar, acampar en las fronteras entre conocimientos genera a la corta cierta inseguridad e incomprensión, pero a la larga nos robustece y nos hace más independientes.

Confiar en lo impredecible. Aceptar lo impredecible estimula nuestra capacidad de sobrevivir y la mantiene alerta y en forma.

Busca en donde nadie lo hace. Los lugares comunes son cómodos, entendibles y sencillos, pero los verdaderos supervivientes son los que miran donde nadie mira y ven lo que otros no ven.

Planificar y luego cambiar. Diseñar un rumbo y reorientarse constantemente ante cualquier oportunidad que sea buena, esa es la fórmula ideal. Saber el punto de comienzo es esencial, pero querer definir con exactitud el destino final es algo irreal. Es mejor poseer una idea y esbozo de punto de llegada, pero sin obsesionarse por una concreción que nos constriña demasiado.

Hacer cosas. Frente al modelo más academicista de analizar-planificar-hacer y evaluar, hemos de probar el de ensayo-error-aprendizaje y vuelta a comenzar.

Revitalizar nuestro instinto de supervivencia ahora apolillado nos hará salir reforzados de los momentos de mayor zozobra y temor, y sacar partido allá donde otros ven solo problemas.

 

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