¿Acomodarse? ¡Nunca, jamás! Cómo acomodarse se convierte en el principio del fin

El ser humano tiene una tendencia natural a la comodidad y al ahorro de esfuerzo. Es algo puramente instintivo y ancestral, porque inconscientemente nuestro cerebro ahorra energía y la conserva para enfrentar posibles peligros futuros. Aunque esos riesgos de los que prevenirnos han desaparecido, no ha hecho lo propio ese instinto de conservación. Por eso poseemos una propensión clara a acomodarnos. Y cuanto más lo hacemos, más se realimenta esa actitud, porque además poseemos otro mecanismo mental por el que siempre buscamos creencias que justifiquen esta forma de comportarnos.

Sin embargo, también en nosotros está la semilla del cambio continuo. A las personas nos gusta la novedad. Pero esta facultad no es instintiva, hay que forzarla y provocarla. Y esto requiere esfuerzo. Esa tensión permanente nos desgasta, sobre todo, cuando es el instinto el que nos puede. Y es que acomodarse es el comienzo del fin porque nos hace perdernos numerosas cosas.

Lo que nos perdemos cuando nos acomodamos

Cuando nos hacemos cómodos y nos abandonamos a nuestras rutinas, actuamos con un piloto automático, lo que nos hace perder multitud de posibilidades como las que siguen.

Aprendizaje. Nuestro sistema neuronal crea conexiones cada vez que abordamos nuevas situaciones y repetimos esa práctica. Una vez que lo hacemos muchas veces, lo interioriza y funciona de forma automática. Cuando entra en ese automatismo, deja de aprender. Si nos acomodamos, solo funcionamos con ese sistema y se atrofia nuestra capacidad de aprendizaje.

Autoconocimiento. No hay mejor forma de conocerse a uno mismo que saltando las barreras y exponiéndonos a nuevas situaciones que nos crean cierta tensión. Es en ese estado en el que vamos sabiendo más de nosotros mismos.

Fluir. El famoso estado de fluir se alcanza cuando nos retamos con algo alcanzable pero desafiante y ponemos a trabajar todas nuestras competencias. Es cuando notamos que el tiempo pasa volando, cuando encontramos una enorme conexión con la tarea y nos sentimos plenos. Nada de esto ocurre cuando estamos viviendo en una continua rutina.

Progreso. No existe avance sin desafío. Cualquier progreso en nuestra vida siempre proviene de viajar más allá de las zonas de confort y confrontarse con algo diferente.

Creatividad. La creatividad tiene su principal fuente en exponerse a experiencias distintas y conectarlas de manera original. Ni una ni otra suceden mientras nos mantengamos en nuestro lugar acomodado.

Confianza y autoestima. La confianza tiene más que ver con el valor de hacer frente a aquello que nos genera incomodidad que con el resultado en sí mismo. Cuanto más nos acomodamos, más eludimos esa posibilidad y menos confianza acumulamos. Y la autoestima se resiente, porque al no actuar, vamos dañando la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Resistencia y resiliencia. Estos dos conceptos se entrenan como cualquier músculo. Cuanto menos nos exponemos, menos resistentes nos hacemos y menos facultades tenemos para rehacernos de las adversidades.

Bienestar emocional. Acomodarse es el reino de la frustración, la tristeza, el enfado y la ira. Saber que deberíamos movernos y no hacerlo nos frustra y entristece a partes iguales, para dar paso en muchas ocasiones al enfado, la ira e incluso la culpa y el remordimiento. Por el contrario, cuando hacemos cosas que nos retan, desaparecen totalmente y recuperamos nuestro bienestar emocional.

Perseverancia. Lo mismo que la resistencia y la resiliencia, cuanto más se persevera, más se desarrolla esta cualidad. Y con ella, no hay muro que se resista, lo que todavía apuntala más aspectos como la autoestima y la confianza.

Flexibilidad y adaptabilidad. Nuestro cerebro es plástico. Las neuronas se adaptan y modifican sus circuitos ante nuevas circunstancias. De esta forma, somos capaces de abordar los cambios con facilidad. Si nos acomodamos, la plasticidad neuronal desaparece y con ella nuestras posibilidades afrontar los cambios adecuadamente.

Habilidades sociales. Cuando nos exponemos a la diversidad que proporciona la incomodidad, nos relacionamos con gente variada que nos proporciona otros puntos de vista e incrementa nuestros recursos para relacionarnos y nuestra empatía.

Sentirse completo. Muy relacionado con fluir, cuando nos retamos y ponemos a trabajar nuestras capacidades, nos sentimos plenos porque sabemos que estamos explotando nuestras habilidades al máximo y que estamos empleando adecuadamente nuestro tiempo y esfuerzo.

Como vemos, acomodarse puede ser el principio del fin, así que la respuesta es ¡Nunca, jamás!

 

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