Las trampas del consenso. Cómo el falso consenso nos hace sentir frustrados, poco comprometidos y nos conduce a soluciones mediocres

El consenso es un valor totalmente instalado en nuestros días que domina buena parte de todo lo que hacemos, ya sea en las decisiones de trabajo, familiares o en nuestras relaciones de amistad. Creemos en él como una forma de erradicar actitudes egoístas, buscar un bien común y lograr la satisfacción de todas las partes implicadas. Es un punto de partida indiscutible y totalmente deseable con el que nadie podría estar en desacuerdo. Sin embargo, el resultado final casi nunca deja satisfecho a alguien. Se queda en un espacio intermedio donde se intenta que nadie se moleste, aunque la realidad escondida es que muchos se sienten frustrados, y se acrecienta el temor a salirse de la norma, provocando a la larga problemas de autoestima y de inseguridad en muchas personas. Esa idea de consenso quimérico que tenemos se ha convertido en una tiranía donde cualquier cosa que se salga de él es inmediatamente señalado y estigmatizado. Esconde generalmente un buena cantidad de trampas, porque suele ser siempre algo artificial y no real, donde muchas voces quedan acalladas.

Si queremos desarrollar un auténtico consenso, hemos de partir de la concepción de que no es un objetivo en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Es una búsqueda y puesta en marcha de la opción que satisfaga de la mejor manera posible a un mayor número de partes y que minimice la pérdida de aquellos que no salen ganando. Hay que aceptar que hay ganancias y pérdidas y que ha de hacerse un ejercicio de compensación, pero con ciertos límites. Es dibujar el camino para lograr una meta y hacerlo con claridad, honestidad, sinceridad y gratitud, donde todas las partes saben lo que ganan y pierden y son escuchadas. Las personas necesitan transparencia, seguridad y respeto para poder decir lo que piensan, y demandan criterios claros a aquellos que son responsables. En cambio, hoy en día se camufla todo en un falso consenso que va creando una serie de trampas con unas consecuencias poco deseables.

Las trampas del consenso

Voces acalladas. El consenso se acaba convirtiendo en una dictadura y, por miedo a ser señalado, muchas personas callan lo que piensan, alcanzándose soluciones poco óptimas.

La fuerza de quien manda. En muchas ocasiones, el consenso no es más que un ejercicio de cara a la galería para camuflar la decisión de aquellos que tienen más poder. Una escucha artificial para acabar haciendo lo que otros desean.

La insatisfacción de todos. Algo común es que, cuando se busca una solución intermedia, nadie queda contento. En apariencia todos están satisfechos porque nadie “sale herido” pero cuando se comienza a trabajar en esa decisión, todos sienten que lo capital e importante falta en ella.

Resultados mediocres. El falso consenso suele dar lugar a resultados poco efectivos. Las grandes innovaciones y los grandes avances jamás han provenido de buscar una “aparente comodidad” de todas las partes implicadas.

Lo que comienza con consenso acaba con dictadura. En bastantes casos, cuando se pone en marcha lo acordado, va pasando el tiempo y se ve que esa resolución es del todo insatisfactoria, por lo que se van realizando ajustes, y aquí es cuando acaba el buen ambiente y comienzan las luchas de poder y conflictos camuflados por lograr imponer su punto de vista. Al final, hay una parte triunfadora y en el camino quedan muchas otras con un sentimiento de derrota.

Sentimientos de frustración y resignación. Dado que a menudo acallamos nuestras voces por temor, acabamos frustrados y resignados, hasta el punto de hacer lo justo y necesario exclusivamente.

Menos autoestima y autoconfianza. Cuando nos resignamos, dejamos de explotar nuestras capacidades y esto va dañando la percepción que tenemos de nosotros mismos y nuestra confianza.

Disminuyen la innovación y creatividad. Estos dos conceptos tienen una raíz común, la divergencia. Surgen de confrontar distintos puntos de vista, de no tener miedo al debate ni a la confrontación positiva de ideas. El falso consenso las apaga.

Reducción del compromiso y la motivación. Es difícil estar comprometido y motivado con una solución cuando no se nos ha escuchado, existe miedo a exponer nuestro punto de vista, sentimos que no nos han dejado explotar nuestras cualidades y vemos que otras partes han impuesto su parecer.

Aumento de la lentitud en las decisiones. Cuando se quiere conseguir en apariencia la satisfacción de todos, la rapidez de acción desaparece. Todo se enreda y complica, y acaba llegándose tarde.

Pérdida de lo importante. A menudo se acaba dando más importancia a esa búsqueda de consenso que al hecho relevante que hay que solucionar. Se abandona el foco y los resultados acaban lejos de lo deseado.

Buscar el bien común y la satisfacción de todas las partes se logra con honestidad, transparencia, respeto, humildad, generosidad, escucha real y criterios claros. De ahí surge el verdadero consenso que compromete. Cuando cojea alguna de estas patas, que suele ser casi siempre, ya no existe un consenso real, sino una representación de cara a la galería repleta de trampas.

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