¿Quieres cambiar algo en tu vida? Empieza por tus creencias

Estás totalmente convencido de la necesidad de un cambio en tu vida, las circunstancias y el momento te son propicios y tienes los medios y, sin embargo, por algún motivo que no te explicas, no lo llevas a cabo. Todos y cada uno de nosotros hemos vivido esta circunstancia más de una vez, pero casi nunca nos paramos a comprender la verdadera causa de ese freno al cambio.

Gastamos gran parte de nuestras energías intentando auto explicarnos y auto justificarnos en nuestra decisión de no movernos, pero nos preocupamos poco de saber qué ha originado ese comportamiento inmovilista.

Cuando se produce una enfermedad, pérdida de un ser querido y cercano, o cuando estás de vacaciones y tomas distancia, por ejemplo, se generan situaciones que nos hacen pensar en que deberíamos abordar algún cambio (voy a ver más a mis amigos, a mi familia, no pasar tanto tiempo en la oficina, empezar a cuidar mi salud, dedicar tiempo a lo realmente importante…)

Pero al mes, todo sigue igual. ¿Y si te dijera que la clave para dar un giro a esa circunstancia no está ni en tu presente ni en tu futuro, sino en tu pasado?

Tu pasado tiene la respuesta

Contradiciendo al refranero, aquí sí que podemos decir que “agua pasada sí mueve molino”. Aunque volver al pasado es físicamente imposible, sí lo es en nuestro nivel cerebral y mental. Y allí, en el pasado, es donde se han quedado instaladas nuestras creencias. Unas creencias que de manera inconsciente vamos alimentando y reforzando. El ser humano siempre busca en su cerebro la consistencia y la coherencia, tanto de sus decisiones como de sus patrones elegidos para tomar y valorar esas decisiones. Esos patrones son las creencias.

Muchas de esas creencias se han construido en el pasado, por lo que es fundamental parar y reflexionar sobre ellas, su origen, lo que las ha ido reforzando y su vigencia en la actualidad. Esto significa saber si esto que ahora crees te está ayudando para conseguir tus objetivos de cambio.

Indudablemente, si no has cambiado aún y estás leyendo esto, es porque claramente han sido un impedimento.

Así son tus creencias, así son tus acciones

Pongamos algún ejemplo. Imagina a una persona que desde pequeña muestra intereses muy diversos. Como son tantos y tan diferentes, sus círculos más cercanos comienzan a decir que ese niño es disperso, que tiene que centrarse y ser realista. La virtud y el placer se identifica con estar centrado. Por lo tanto, va alimentando la creencia de que hacer muchas cosas distintas no es bueno porque no está centrado. Así que, a futuro, cuando quiera expandirse haciendo actividades muy variadas, buscará excusas para no hacerlo, porque en el fondo hay una creencia infundada de que estar focalizado es más placentero que hacer muchas cosas diversas, ya que esto último se identifica con dolor.

Las creencias se fabrican de manera inconsciente y se alimentan constantemente, y cuando quieres abordar un cambio, por muy bueno que sea el momento, mientras el dolor de no seguir esa creencia sea superior al placer de alterar esa situación, todo permanecerá igual.

El balance entre el placer y el dolor

Cualquier acción que emprendas se va a medir en tu mente en dos categorías, ¿cuánto placer me genera? ¿cuánto dolor me supone?

Mientras el placer asociado al cambio sea menor que el dolor de traicionar una creencia, nada de lo que hagas podrá alterar la situación.

A veces, el dolor está en un segundo plano y hay que descubrirlo. Piensa en los hipocondríacos, que acuden al médico con numerosas dolencias sin importancia. Ellos quieren salir de esa situación, y buscan soluciones, pero el placer que imaginan al salir de esa situación choca frontalmente con el dolor secundario que hay detrás de abandonar esa enfermedad. Por ejemplo, dejar de recibir atención por parte de personas queridas, dejar de ser el centro de atención, tener que afrontar otras situaciones que estas dolencias ayudan a enmascarar…

Por eso es básico que alteres ese balance entre placer y dolor asociados a una creencia.

Cómo se establecen las creencias y cómo funcionan en nuestro cerebro

La creencia se establece de manera rápida. Ante un hecho determinado, tu cerebro genera una idea alrededor de ese hecho. Si abres un grifo con agua muy caliente y metes la mano, te quemas. El cerebro asocia la idea de quemarse a abrir grifo de agua caliente. Esta idea se convierte en creencia cuando se le asocia certidumbre. Si vuelves a probar y te vuelves a quemar, construyes más certidumbre. Esto que es instintivo en el ejemplo, sucede en cualquier ámbito.

El cerebro establece creencias porque es un atajo para la toma de decisiones. Sirve como patrón para no tener que racionalizar todas las acciones que se toman en el día. Pero estas creencias no tienen por qué estar basadas en fundamentos objetivos. Puede que ante un acontecimiento, tú le hayas dado unas explicaciones particulares totalmente subjetivas y unas asociaciones que no se corresponden con la realidad. Piensa en los trastornos obsesivos. Una persona compulsiva con la limpieza, ha asociado una creencia en su cerebro por la cual si no se lava las manos un número de veces al día, puede contraer alguna enfermedad. La compulsividad le genera seguridad. No hacerlo le origina un dolor tan insoportable que prefiere el sufrimiento de la obsesión y la compulsividad al placer de liberarse de esa esclavitud. Sin embargo, no hay ninguna evidencia objetiva de este hecho. Es una creencia infundada.

Esto mismo sucede en las relaciones personales, en los trabajos,…

Por último, el cerebro identifica esa creencia con una cantidad determinada de placer o de dolor.

De esta forma, las neuronas cerebrales crean pequeñas autopistas donde van circulando de manera cómoda nuestras asociaciones. Y cada vez que hay alguna experiencia, esas autopistas se ponen a funcionar y mandan una respuesta casi inmediata de placer o dolor que se asocia con una creencia instalada.

Tu objetivo es romper esos caminos neuronales y crear otros nuevos que te ayuden a conseguir lo que deseas.

¿Cómo puedes cambiar las creencias que te limitan?

Pues una vez que has dibujado en tu mente lo que deseas y quieres conseguir, debes tener claros estos pasos:

Identifica tus creencias limitantes

Piensa en las creencias que están suponiendo un freno para ti e identifícalas. Analiza las fuentes y el origen que sustentan esas creencias. ¿Qué les aporta certidumbre? ¿Es algo lógico o es algo infundado? ¿Son ahora un freno o un acelerador para poner en marcha mi propósito?

Marca su capacidad de influencia

Calibra la importancia de esa creencia en tu despliegue de la nueva situación que quieres lograr. No todas las creencias tienen el mismo nivel de influencia. Focalízate en aquellas que realmente dan de lleno en tu objetivo.

Descubre el nivel de placer y dolor asociado a cada creencia identificada

Una vez identificadas y seleccionadas las creencias fundamentales, es momento de saber qué dolor y placer tienen asociadas. Solo descubriendo el placer y dolor serás capaz de abordar la sustitución de esa creencia. Y normalmente, las creencias no tienen asociados placer o dolor de manera independiente, sino que a menudo tiene de las dos pero en diferentes intensidades.

Imagina que estás deseando ganar más dinero en tu trabajo. Por una parte, hay asociaciones placenteras relacionadas con más posibilidades de hacer cosas (viajar, nueva casa, etc.), de seguridad ante el futuro,… pero también están asociados una falta de libertad, más responsabilidad, menos tiempo libre…

Así pesen unos factores más que otros, así tomarás tus decisiones.

Romper la creencia

Ha llegado el momento de romper esa creencia antigua y esas conexiones asociadas con el placer o el dolor. Pero es difícil, primero porque llevan mucho tiempo contigo y, segundo, porque el ser humano tiene aversión al riesgo y prefiere lo malo conocido a lo bueno por conocer.

Para romper la creencia, tienes que alterar las asociaciones y acabar con esas conexiones neuronales antiguas para crear unas nuevas.

Debes lograr que el dolor asociado a quedarse igual y hacer nada sea tan grande que provoque una urgencia de acción. Esfuérzate por buscar referencias respecto a lo que deseas que refuercen lo positivo y encuentra también referencias que refuercen lo negativo de continuar igual. Busca evidencias que vayan a confirmar esas nuevas conexiones mentales. Si quieres un trabajo menos exigente en tiempo, piensa en las ganancias de pasar más tiempo con tus amigos, familia, practicando tus aficiones y asocia a tu actual carga de trabajo todo lo negativo que está relacionado precisamente con no tener tiempo para tus amigos, familia, etc. Hazlo tan vívido y real que esa necesidad sea irrenunciable.

Crea una nueva pauta que llene el hueco de la creencia abandonada

El cerebro odia los huecos. Si has abandonado una antigua creencia, debes encontrar una nueva pauta que sustituya a la anterior y vaya reforzando esa nueva idea hasta que tenga la certidumbre necesaria para convertirse en creencia.

Consolida la nueva pauta

No subestimes la fuerza de la costumbre. Tienes que esforzarte por consolidar esa pauta y reforzar esa creencia. Y para ello, ponte metas a corto plazo y congratúlate por cada éxito que vayas consiguiendo. Todo eso va creando evidencias, asociaciones y compromiso.

Cambiar tus creencias es posible. Y puede producirse desde ya si quieres hacerlo, pero requiere realizar estos pasos para poder abordarlo con garantías. No esperes a mañana y ¡empieza ya mismo!

¡Disfruta!

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